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lunes, 2 de enero de 2012

Poema del mes. Enero. Vicente Aleixandre

El inicio de un nuevo año siempre contiene para mí la semilla de algo nuevo y esperanzador. Está todo por hacer. Ante nosotros el calendario virgen de los doce meses que nos esperan con quién sabe que acontecimientos y sucesos, que siempre deseamos que sean ricos en experiencias y alegría. El año, visto desde los primeros días de enero, tiene así algo de paraíso anhelado. Es un instante en el que aún todo es posible: ilusiones, deseos, esperanzas, un trabajo, un amor, un buen momento, amigos, el mar, el campo… Por eso he pensado hoy en un poema de Vicente Aleixandre del libro Sombra del paraíso, publicado en 1944, en la etapa más oscura y más  dura de la posguerra, que contrasta con el tono y los temas de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, publicado también el mismo año.

Sombra del paraíso es para mí uno de los libros más bellos de Aleixandre. Lo escribe entre 1939 y 1943, una época de amarga sombra en la cual el poeta optó por el exilio interior. Sus poemas vienen a ser una evasión hacia la belleza y la inocencia del mundo y de los seres que lo habitan, o la evocación de figuras queridas como la de su padre en Padre mío. Impregna el libro un tono de luminosa melancolía, como diciéndonos que aunque la vida en aquella época fuera durísima, en algún lugar existía la belleza.

El poema es largo, leedlo despacio, disfrutad con tiempo de la belleza del lenguaje y de las hermosas imágenes.

Criaturas en la aurora

Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.

Entre las flores silvestres recogisteis cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.
Bebisteis ese cristalino fulgor,
que con una mano purísima
dice adiós a los hombres detrás de la fantástica
                                                 presencia montañosa.
Bajo el azul naciente,
entre las luces nuevas, entre los puros céfiros primeros,
que vencían a fuerza de -candor a la noche,
amanecisteis cada día, porque cada día la túnica casi
                                                                        húmeda
se desgarraba virginalmente para amaros,
desnuda, pura, inviolada.


Aparecisteis entre la suavidad de las laderas,
donde la hierba apacible ha recibido eternamente el
                                          beso instantáneo de la luna.
Ojo dulce, mirada repentina para un mundo estremecido
que se siente inefable más allá de su misma apariencia.

La música de los ríos, la quietud de las alas,
esas plumas que todavía con el recuerdo del día se
                     plegaron para el amor como para el sueño,
entonaban su quietísimo éxtasis
bajo el mágico soplo de la luz,
luna ferviente que aparecida en el cielo
parece ignorar su efímero destino transparente.

La melancólica inclinación de los montes
no significaba el arrepentimiento terreno
ante la inevitable mutación de las horas:
era más bien la tersura, la mórbida superficie del mundo
que ofrecía su curva como un seno hechizado.

Allí vivisteis. Allí cada día presenciasteis la tierra,
la luz, el calor, el sondear lentísimo
de los rayos celestes que adivinaban las formas,
que palpaban tiernamente las laderas, los valles,
los ríos con su ya casi brillante espada solar,
acero vívido que guarda aún, sin lágrimas, la amarillez
                                                                        tan íntima,
la plateada faz de la luna retenida en sus ondas.

Allí nacían cada mañana los pájaros,
sorprendentes, novísimos, vividores, celestes.
Las lenguas de la inocencia
no decían palabras:
entre las ramas de los altos álamos blancos
sonaban casi también vegetales, como el soplo en las
                                                                         frondas.
¡Pájaros de la dicha inicial, que se abrían
estrenando sus alas, sin perder la gota virginal del rocío!

Las flores salpicadas, las apenas brillantes florecillas del
                                                                            soto,
eran blandas, sin grito, a vuestras plantas desnudas.
Yo os vi, os presentí, cuando el perfume invisible
besaba vuestros pies, insensibles al beso.
¡No crueles: dichosos! En las cabezas desnudas
brillaban acaso las hojas iluminadas del alba.
Vuestra frente se hería, ella misma, contra los rayos
                                             dorados, recientes, de la vida,
del sol, del amor, del silencio bellísimo.


No había lluvia, pero unos dulces brazos
parecían presidir a los aires,
y vuestros cabellos sentían su hechicera presencia,
mientras decíais palabras a las que el sol naciente daba
                                                                magia de plumas.


No, no es ahora, cuando la noche va cayendo,
también con la misma dulzura pero con un levísimo vapor

           de ceniza,
cuando yo correré tras vuestras sombras amadas.
Lejos están las inmarchitas horas matinales,
imagen feliz de la aurora impaciente,
tierno nacimiento de la dicha en los labios,
en los seres vivísimos que yo amé en vuestras márgenes.


El placer no tomaba el temeroso nombre de placer,
ni el turbio espesor de los bosques hendidos,
sino la embriagadora nitidez de las cañadas abiertas
donde la luz se desliza con sencillez de pájaro.

Por eso os amo, inocentes, amorosos seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires y los hombres.

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